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Exhibición - Los dilemas de la ciudad
En Mi Viejo San Juan
Los Dilemas de la Ciudad
Ante el nudo Gordiano
Sin engranar
Toda ciudad necesita
una espina dorsal
Caminar, conducir
o dejarse llevar
El Tram: una opción factible
El Tram en la Capital
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Créditos

La circulación garantiza la vida de la ciudad,
pero se requieren arterias que viabilizen tal movimiento.
Cuando en tiempos inmemoriales el ser humano descartó su estado nómada, la tendencia a permanecer en un lugar (sedentarismo) fomentó la transformación de tribus en aldeas que, con el paso de los siglos, se transformaron en ciudades.

Muchos asentamientos se consolidarían a orillas de un río, bordeando la costa, al pie de una cordillera o, simplemente, a ambos lados de un camino.

En el siglo 19, las rutas del ferrocarril sirvieron de catalítico para el desarrollo de áreas cercanas a rieles y estaciones.

A partir del siglo 20, la construcción de carreteras y autopistas ha fomentado el crecimiento urbano a lo largo de éstas, tal cual aún experimentamos.

Por lo general, una ciudad crece en torno a una columna vertebral, ya sea en forma de un río, un área de rodaje, o el trazado de una vías.

En el cuerpo humano, las vértebras están supeditadas a la espina dorsal. En los peces con esqueleto óseo, las costillas se apoyan del cordón dorsal. En los árboles, las ramas están unidas al tronco. En las hojas, un nervio principal “organiza” nervios secundarios. Ejemplos de sistemas vertebrados abundan en la naturaleza como en las creaciones humanas.

En Puerto Rico, las calles Fortaleza y San Francisco siguen siendo espina dorsal del Viejo San Juan. Las avenidas Ponce de León, Fernández Juncos y Muñoz Rivera, por su parte, constituyen arterias en torno a las cuales se ha organizado Santurce.

El Tren Urbano —obra de nuestros tiempos— también se pensó como cordón espinal. Cuando conecte a más destinos será, sin duda alguna, el eje de circulación primario de la capital. Todo aquel que hoy se desplaza en auto por San Juan podrá entonces llegar a donde quiere ir sin necesidad de manejar.

En Puerto Rico, por demasiado tiempo ya, la transportación individual —no la colectiva— ha servido como espinazo de la ciudad. Lejos de integrar la urbe, la multiplicación excesiva de vías para el automóvil ha creado mayor confusión.

Los carros son ya más que demasiados y la ciudad se hos hace difícil de tolerar.

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